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miércoles, 9 de junio de 2010

Homenaje a Helen Thomas

Helen Thomas ha muerto, profesionalmente hablando, haciendo el papel equivocado. Porque la corresponsal de la Casa Blanca más famosa de la historia ha debido dimitir no por hacer preguntas sino por contestar una de ellas con la sinceridad que raras veces encontró en los presidentes a las que tantas veces entrevistó.

La reportera que durante su carrera en Washington y en la agencia UPI fue la más impertinente de todos los grandes egos que se sientan en la sala de prensa del 1600 de Pennsylvania Avenue se ha marchado para siempre a casa, a los 89 años, por decir el pasado mes a un rabino que la mejor manera de lograr la paz en Oriente Medio es que los judíos se marchen de Palestina y se lleven sus trastos de regreso a sus hogares en Polonia, Alemania, Estados Unidos o cualquier otro sitio.

Esta mujer que para muchos fue una heroína del periodismo, masculino y femenino, no se ha vuelto antisemita ahora con el incidente de la flotilla de Gaza. Lo ha sido desde hace mucho tiempo y eso no es secreto entre sus compañeros ni en muchas casas de Washington donde era invitada habitual y obligatoria en las fiestas entre famosillos de la política y el periodismo.

Thomas al completo, de verdad y sin máscara, aunque siempre con esos labios pintados de rojo que le han acompañado durante la mayoría de los días que se ha sentado en su butaca principal ante los presidentes y los portavoces.

Desde los tiempos de John F. Kennedy se acostumbró a hacer las preguntas más ingeniosas, provocadoras, impertinentes y, con el paso del tiempo, embarazosa y hasta avergonzantes para el resto de sus compañeros que acompañan a todos los sitios al presidente, aunque ahora menos a causa de la crisis económica que todo lo puede.

Durante más de 40 años al servicio de la agencia United Press International hubo pocas ruedas de prensa presidenciales que no comenzaran con una pregunta suya. Lo hicieron, más por obligación que por gusto, Richard Nixon, Jimmy Carter o Ronald Reagan y sus portavoces.

En el año 2000 dejó la agencia al no estar muy de acuerdo con la ideología de sus nuevos propietarios asociados con una iglesia surcoreana especializa en bodas multitudinarias y cambió el título de reportera por el de comentarista.

Lo que permitió a George Bush y a Barack Obama quitarla la palabra inicial en sus encuentros con los corresponsales (para tranquilidad y alivio de muchos de sus colegas de profesión) y permitirla hablar, al final de sus comparecencias, por pura educación.

Porque estos dos presidentes, como antes sus antecesores, siempre temieron a Thomas y mucho más cuando querían ocultar las verdaderas intenciones de sus acciones.

La imagen que la inmortalizó fue la de una mujer delgada y coqueta en sus mejores tiempos con un bolígrafo y un cuaderno de notas en la mano lista a hacer tambalear a cualquiera con sus preguntas.

La imagen que la ha enterrado ha sido un primer plano con sus respuestas colgadas en Internet que se han convertido en un fetiche de aquellos que odian o defienden a Israel.

Periodismo del viejo en el que Thomas fue una estrella y periodismo del nuevo del que ha sido una víctima.

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