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sábado, 15 de enero de 2011

Cuando nada vale nada. Por Luis Celaá Morales




Juan Kevin miraba la nada melancólicamente  desde su ventana. El día estaba lluvioso y además hacía mucho viento. La madre le gritaba que cerrrara la ventana que entraba mucho frío, "Qué no era época de abrirla".. Juan miró resignado a la madre y por no discutir cerró la ventana y dejó de mirar por ella. 
Habían pasado muchos años pero aún recordaba cuando había árboles, vegetación,, animales.... No lo recordaba muy bien pero si que tenía nociones de aquellas maravillas. Su madre se lo recordaba continuamente...
- Mama, háblame de cuando en la tierra había árboles, plantas, animales... Es que era muy pequeño y no lo recuerdo muy bien... ¿Nosotros comíamos antes animales? ¿Pero todos? - Le inquiría Juan Kevin a su madre mientras revoloteaba a su alrededor y no la dejaba preparar la comida del día a base de nutritivas pastillas o algún líquido extraño supuestamente lleno de vitaminas..
- Ay, cariño. Estate quieto que vas a tirar algo de la cocina-laboratorio... Qué pesadito te pones a veces... - Le regañaba a la madre, que sabía que no iba a  saber de nada pues le iba a seguir acosando hasta que le contase lo que quería.
- Porfa, porfa, porfa..... - Insitía Juan Kevin con una inmaculada mirada de no haber roto nunca un plato.
- ¡¡ Vale !! ¿¿Quieres parar por los Dioses ??  Te contaré lo que quieras saber... A ver, ¿Por dónde empiezo?- Le preguntaba la madre mientras suspiraba, sabiendo que ya iba a perder toda la mañana recordando dolorosamente aquellos maravillosos años que sabía que ya no iban a volver.
- ¿Había muchos arboles? ¿Y animales? ¿Los animales hablaban? ¿Porqué nos los comíamos? ¿Las plantas también servían para que nos las comiéramos? ¿Porqué ya no hay? ¿Qué hicimos con ellas?.. - Preguntaba el zagal eufórico por su momentáneo triunfo
- Vale, vale... Tranquilo, cariño,  que me aturullas la cabeza.. - le decía cariñosamente la madre al niño sin poder evitar sonreir viendo la excitación de su amado chico.

Juan Kevin obedeció misteriosamente y se sentó en silencio en la silla. Sabía que si seguía incordiando puede que no le contara muchas cosas de las que a él le gustaba escuchar como cuando el aire era limpio, había nubes y el sol estaba en el cielo. Eso si que lo echaba de menos. Recordaba cuando era muy pequeño, que tendría unos tres años o cuatro y salía a jugar a la calle trotando por la montaña y sintiendo el calorcito del sol en la cara. ¿De qué le hablaría la madre hoy? ¿Del sol, de las plantas, de los árboles? ¡¡ Ay, que nervios !!
La madre cogió una probeta vacía de la cocina. Se acercó al laboratorio y cogió un extraño líquido verde que olía realmente mal y llenó la probeta. Después le metió un largo sorbo ante la mirada de asco del niño que sabía que ese líquido sabía a mil demonios pero... "era muy nutritivo".
Viendo lo obediente que estaba su chavalín volvió a sonreir. La verdad es que le encantaba estar con Juan Kevin. Era demasiado obediente para ser un chico de diez años. Ella a sus años no paraba quieta ni un instante, pero claro en la casa-bunker en la que vivían no había mucho más que hacer. Al principio el niño lo pasó mal pero ahora se había acostumbrado a no hacer nada, bueno sí. Se tiraba todo el día mirando  grabaciones antiguas de cuando había vida en el mundo y en más de una ocasión le había visto llorar... Era muy duro estar así los dos. ¿Porqué habría llegado la humanidad hasta ese punto?
Volvió a suspirar. Buscó una silla tomándose todo el tiempo del mundo ante la impaciente mirada del chico que empezaba a carraspear como suplicando que empezara ya con la historia y tras un buen rato se sentó enfrente del chico y comenzó a recordar cuando el mundo era mundo, cuando había vida y los animales aún existían. Le costaba mucho contárselo al chico sin llorar pero tenía que intentar ser fuerte. Si no lo era ella, ¿Quién lo iba a ser?
- Como vagamente recuerdas,cariño, hasta hace seis o siete años el mundo estaba lleno de vida. Aún se podía ver el sol desde cualquier sitio pues no nos tapaban esas malditas nubes radioactivas. Gracias a nuestro amado sol la vida ebullía en todo el planeta. No estábamos rodeado de la absurda nada que nos rodea ahora. Había vegetación, plantas, insectos, animales.. Había días en los que hacía tanto calor que te tenías que quedar en manga corta, otros en cambio hacía tanto frío que tenías que salir muy abrigado a la calle. Incluso había días en los que debido al frío clima nevaba. Sí. Una nieve maravillosamente fría y blanca. Era tan bonito ver todo nevado. Podías jugar con tus amigos a tirarte bolas de nieve e incluso hacer muñecos de nieve a los que .... a los que....   - La madre no pudo seguir hablando. Los recuerdos la golpeaban tan violentamente que la obligaban a llorar. Si no fuera por su hijo, que también sobrevivió a ésta pseudo-existencia, hubiera preferido morir. Mejor haber muerto que ver como la estupidez humana había provocado éste caos climático que había desembocado en la destrucción de la vida tal como la conocían entonces. Encima esas absurdas guerras de poder habían empeorado todo y con tantas armas químicas ya no había nada en la calle, tan sólo aquella asfixiante nube radioctiva con la que no podías convivir mucho tiempo....

Al ver llorar a su madre Juan Kevin también se puso a llorar. Imaginaba lo duro que tenía que haber sido para ella. El apenas había podido convivir con los animales o no sabía lo que era comer una hamburguesa pero su madre... pobrecita. Por un momento se sintió mal por haberla obligado a recordar pero... ¿Qué otra cosa podían hacer en aquel maldito bunker? A veces pensaba que lo mejor era acabar con todo y salir al exterior para siempre. Seguro que algún lugar del mundo había todavía vegetación. Alguna planta debía seguir existiendo, era imposible que hubieran desaparecido todas. Si no fuera porque tenía que cuidar de su madre.
Tras unos minutos en los que ambos no pararon de llorar abrazados la madre pudo recobrar el aliento. Abrazó con todas sus fuerzas a su amado vástago y le besó la frente. El niño se apretó contra su madre con todas sus fuerzas.
- Te quiero, cariño. No lo olvides nunca. Sabes que lo hemos intentado y así no se puede vivir. Esto no es vida.... - Le dijo la madre mientras se levantaba  a buscar algo al maldito laboratorio que ocupaba casi todo el lóbrego bunker.
- Pero, mama. A lo mejor todavía hay algo de vida por ahí fuera. No hemos recorrido todo el mundo. Se que llevamos muchos años andando pero no hay que perder la esperanza. Eso era lo que decía siempre papá. ¿Ya no lo recuerdas? ¡¡ Tenemos que seguir buscando!! ¿Y si hay más gente como nosotros ? ¡¡ No podemos ser los últimos !! ¡¡ Porfavor, vamos a seguir buscando...!! - Le suplicó el niño de rodillas mientras le agarraba llorosamente las piernas. Un escalofrío le había recorrido todo el cuerpo pues se estaba imaginando lo que estaba preparando su madre en el maldito laboratorio.
La madre dejó todo como estaba y volvió a suspirar profundamente. No era capaz de hacerlo. Lo había pensado muchas veces pero quería demasiado a su hijo como para acabar así...
- Perdona cariño. De verdad que lo siento, pero es que vivir así... Te prometo que seguiremos intentándolo. Vamos a dormir un poco y mañana preparamos todo y seguimos con la búsqueda. No pararemos hasta conseguirlo, ¿De acuerdo? - Le dijo cariñosamente a su amado niño mientras le revolvía juguetonamente su larga cabellera sin cortar.
- ¡¡¡ ¨Yupiiiii !!! ¡¡ Te quiero mucho, mamá !! ¡¡ Gracias !! Se que vamos a encontrar un sitio maravilloso en el que va a haber gente que vive en sus bonitas casas alrededor de un bonito río en el que hay peces, ranas y mosquitos que te molestan. Además hay manzanos, arbustos... ya lo veras mami. Ten fe. Lo vamos a conseguir... - Y la abrazó con más fuerza que nunca. Quería mucho a su mamá y sabía que no le iba a abandonar nunca. Tenían que encontrar ese lugar del que hablaban las leyendas. Ese sitio conocido como Paraíso, que estaba entre dos ríos que misteriosamente seguían con vida: Tigris y Eúfrates. Se lo debían a su padre. Por él tenían que conseguirlo...
El niño se separó de su madre y se fue a su camastro a dormir un poco sin volver a hablar con ella. Estaba tan cansado que tardaría poco en dormirse.
Su madre ni siquiera miró cuando se acostó. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no podía volver a la realidad. El chico tenía razón. Tenían que encontrar el maldito paraíso como fuera. Bunkers había muchos repartidos por todo el mundo pero aquel paraíso era único. Tantas leyendas no podían estar equivocadas. Tenían que existir. Se lo debía a su marido y cómo que se llamaba Pandora que lo iba a conseguir...

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