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martes, 22 de febrero de 2011

La Mala Educación

      

       

      La Mala Educación. Y no. No me refiero a la película de Pedro Almodóvar. Me Refiero a ese mal endémico que asola nuestra sociedad. Recuerdo que cuando era más pequeño la gente solía tener más educación. Todavía queda por ahí gente educada pero cada vez ésto va a peor.
      Hasta mi pubertad no hice mi primer viaje a Madrid sólo en tren y metro (En aquel entonces era toda una aventura coger el Tren y el Metro para irte desde Leganés hasta Madrid. Eran mediados de los años 80 y la sociedad iba a otro ritmo. Bastante diferente del actual). Han pasado muchísimas cosas desde entonces. Unas buenas y otras malas. Al igual que en muchas cosas hemos avanzado en otras hemos retrocedido bastante. Hasta un nivel bastante lamentable, creo. Según me voy haciendo más mayor (un mal endémico que tod@s sufrimos) se me van olvidando algunas cosas. Otras en cambio las tengo frescas en mi memoria como si las hubiera vivido ayer mismo.
       Un ejemplo de cosas que difícilmente podré olvidar es mi primer viaje sólo en tren hacia Madrid. Iba sentado, alucinado. Iba mirando por la ventanilla las huertas que por aquel entonces rodeaban el pepinero barrio de Zarzaquemada (Mucho antes que naciera aquel "Boom comercial y social" llamado Parquesur). No me di cuenta como se llenó el tren en Villaverde Alto. Ni me fijé como al lado de dónde estaba yo sentado vinieron unos abuelos y en seguida medio tren se levantó para cederles el sitio. Nadie destacaba por encima de nadie. Los que se levantaron eran: obreros, comerciales, estudiantes, gente más joven.. Todos. Bueno. Todos no. Yo no me di cuenta y cuando quise reaccionar ya se había levantado bastante gente y los abuelos se habían sentado en los sitios más cercanos a la puerta. Pues bien. El resto de la gente que había cedido su sitio me miró con cara antigua. Cómo si hubiera sido un terrorista que había puesto una bomba en el tren o cómo si le hubiera dado una paliza a algún pobre canario indefenso.
       No sabía cómo reaccionar de esa situación ni que hacer. Encima quedaba aún un largo trayecto hasta la siguiente parada (Por aquel entonces el Tren de Fuenlabrada pasaba por Villaverde Alto y luego por Villaverde Bajo. Puente Alcocer, Orcasitas, Méndez Alvaro... Todas esas paradas llegaron más adelante con los avances en el transporte madrileño) Intenté dedicarme a mirar por la ventanilla el, para mí, novísimo paisaje. Pero me costaba concentrarme. Les notaba encima mío. Hablando a mis espaldas. Criticándome. Poniéndome a parir... "¡¡Qué vergüenza, con lo joven que es y ni se ha molestado en levantarse!!", "¡Anda que si hubiera sido su abuelo", "¡Vaya futuro que nos espera con ésta juventud!". Y alguna "maravilla" más me dirían que ya no recuerdo bien.
       Han pasado tan sólo unos veinte años o poco más, pero parece cómo si hubieran pasado seis siglos. Y no lo digo porque el recorrido de tren sea distinto al de aquella época, ni porqué se tarde mucho menos en el trayecto, ni porqué los trenes sean más rápidos y limpios. No. No lo digo sólo por eso. Lo cuento porqué el otro día iba de Madrid a Leganés a ver a mi familia en Lega y la historia se repitió pero al revés. Iba el tren lleno. En Méndez Alvaro se subió mucha más gente en el tren. Pues bien. Las últimas personas que se subieron al tren por la puerta dónde yo estaba (yo iba de pie, junto a la puerta) era una pareja de ancianos a los que se les veía que subir al vagón ya había sido una hazaña para ellos, así que un trayecto de veinte minutos de pie hasta la zona sur parecía que iba a ser un milagro. La mayoría de los vagones iban ocupados por gente joven. No era día de diario. Era un Domingo. Se supone que la gente está más descansada porqué no hay que trabajar ni que ir a clase. Pues nadie les cedió el asiento. Ni tan siquiera les cedieron sus miradas, cuando los pobres abuelos miraron con cara lastimosa vanamente a su alrededor por sí alguien les cedía amablemente su sitio.
       Más ellos no sabían que en aquel justo momento en que los abuelos les miraban para suplicarles visualmente su temporal y, supuestamente reservado, sitio a todos les entraron unas irresistibles ganas de hacer cosas. A unos les urgía leer. A otros, en cambio, se les apareció el Dios Morfeo y les tocó con su somnífera varita y se echaron a dormir. Los menos miraron desafiantes como diciendo que de ahí no les movía nadie. Pues ese era su sitio y era su tesoro (cómo diría el denostado Gollum). El abuelo les echó una última mirada. Una siniestra mezcolanza de añoranza de tiempos mejores y de rabia por una injusticia manifiesta. La abuela, en cambio, bajó la cabeza. Estaba derrotada de ante mano. Sabía que eso iba a pasar. Su triste experiencia ya se lo había avisado.
       Pero ésta triste historia ni siquiera termina aquí. Ojalá. Lo peor viene ahora. El abuelo se puso a hablar con la señora (que parece ser que era su mujer. Hecho que no puedo confirmar pero mi suspicacia así me lo indicaba) y el abuelo, no se si intentando hacer un último intento para que alguien se avergonzara y les cediera SU sitio, le dijo a la anciana: "¿Recuerdas aquella época en la que la gente dejaba sentarse a los mayores? Pues yo apenas lo recuerdo. Qué epoca...." Y antes de que la abuela pudiera responder, dos energúmenos que estaban sentados en unos asientos cercanos le respondieron groseramente al abuelo. Ya está dije yo. Ahora alguien defenderá al abuelo y les cederán el sitio. Pues no. El resto de la gente ni miró siquiera. Cómo si los abuelos hubieran sido dos tristes espíritus vagando por el tren buscando ese eterno descanso que se supone buscan los fantasmas.
       Finalmente el que contestó fui yo. Y tras aguantar un par de insultos de dos niñatos "pokeros" ( o como se llamen los imbéciles que llevan el pelo con cenicero, gorras deportivas y calcetines por encima de los pantalones en un insulto al buen gusto) los abuelos me dijeron que gracias pero que no merecía la pena, que aguantaban de pie.
       Lo curioso es que después de tanto discutir y los muy idiotas se bajaron en Orcasitas. ¿No les hubiera dado igual haberse levantado y quedar bien con los dos abuelos para menos de dos paradas que te quedaban para bajarte? Pues parece ser que no. Qué a los muy absurdos no les pareció bien.
      Finalmente los dos abuelos se pudieron sentar en Orcasitas. No sin antes lidiar con una pareja de diminutos latinos que se escoraron por la izquierda y en un hábil salto intentaron acceder por velocidad con los dos resabiados ancianos. La historia acabó bien y los abuelos pudieron llegar sentados a su destino.
       Yo me bajé antes que ellos. Me bajé en la parada de Zarzaquemada y me despedí de ellos. Me volvieron a dar las gracias y me soltaron un chascarillo antes de bajar que me hizo reflexionar sobre el tema.
Y lo triste de todo es que ésta historia más allá de una desagradable anécdota se está convirtiendo en algo cotidiano. Todos conocemos algún caso parecido. ¿Qué nos está pasando? ¿Porqué esa degeneración en la educación? ¿Eres menos "guay o auténtico" por no ceder el asiento a los mayores, embarazadas, o gente con problemas de movilidad? ¿De verdad, tu que estás con un físico normal no puedes aguantar diez o quince minutos de pie hasta tu estación?
      Perdonarme pero cada vez lo entiendo menos. No es que yo sea el paradigma de la educación ni un batallador de las buenas costumbres. Tan sólo intento pensar en los demás. En lo difícil que tiene que ser para una persona invidente andar por una infernal calle de Madrid llena de gente, de ruidos y de prisas. O en dos ancianos con movilidad reducida intentado cruzar la calle de Recoletos con esos paranoicos semáforos que no te dan casi tiempo para cruzar. O en otro montón de cosas que se me ocurren. ¿Tan difícil es intentar convivir todos juntos y procurar ayudarnos unos a otros? ¿Algún día cesará la mala educación? Pues con todo el dolor de mi corazón me parece que ésto va a peor. Y que nadie lo podrá remediar, ya que es un problema de educación desde pequeño. Ojalá me equivoque. Ojalá...

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