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sábado, 10 de septiembre de 2011

Un relato de Care Santos

Escrito a la manera de un diccionario sentimental de veinte términos, Atardecer... va tejiendo una estremecedora biografía adolescente.
Un relato de Care Santos



Atardecer con perro escabullido o
Diccionario íntimo de un viaje circular

Atardecer
Todos los desastres de mi vida han ocurrido al caer la tarde. Odio esa luz dorada que perfila todo lo que se aleja para no volver.

Mi padre murió al atardecer. Era casi de noche cuando supimos que Bolero había escapado. También yo, el día en que decidí largarme, lo hice mientras el sol apuraba su camino.
Las últimas del día son horas traidoras. La luz de la tarde ciega más que ninguna otra. El mundo conserva su apariencia de lugar apacible, pero no lo es en absoluto. La amenaza está por todas partes. En cualquier paso de peatones puede haber un Nissan Patrol con una indocumentada al volante dispuesta a atropellarte. Luego se excusará diciendo que la luz la cegó. O no dirá nada, porque cuando te vuelvas para preguntar por qué, se habrá esfumado.
Huir es el destino natural de todos nosotros. Igual que las palabras. De ninguno de los dos podremos librarnos jamás. Aprender a vivir es comprender esto.
Bolero
Quién sabe cómo serían los anteriores dueños de Bolero. Raritos, a juzgar por el nombre que eligieron para él. Adictos a los bailes de salón o a las letras de Agustín Lara. Ni a mi hermano ni a mí nos gustó nunca el nombre, pero el perro no atendía a ningún otro. Intentamos cambiárselo. Durante una temporada le llamamos Tongo, pero el pobre bicho no se daba por aludido.
Aquel nombre de mierda fue lo único que trajo de su vida anterior. Los de la perrera nos dijeron que le encontraron malherido en un parque público. Había sobrevivido de milagro a una pelea con otro perro, más pequeño pero mucho más agresivo que él.
Con nosotros, Bolero dejó de ser un matón y se convirtió en el modelo de mi hermano. Hasta entonces, yo no sabía que había pintores de perros. Jorge retrató a Bolero en todas las posturas imaginables. Hizo cuadros de todos los tamaños. El último fue aquel en que se ve al chucho detenido en una lomita —apenas una línea ascendente sobre el lienzo—, con la cabeza ladeada y las grandes orejotas tiesas. Parece preguntarse qué estamos haciendo ahí.
Atardecer con perro escabullido, se titula la obra. La vendió enseguida, a un coleccionista forrado de dinero que con el tiempo pensaba abrir un museo de arte contemporáneo. A mí la idea de ver a Bolero en un museo, al lado de bodegones o desnudos femeninos, me mataba de la risa. Creo que cuando lo supe pasé unas veinticuatro horas riendo sin parar.
No lo habría hecho de comprender que en los museos no son perros ni mujeres desnudas ni escenas de batallas ni manzanas pintadas lo que se expone. Son fragmentos congelados de una vida que ya no existe más que en esas paredes.
El arte siempre es un asunto triste. 

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