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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Las Pussy Riot y el arte de escandalizar




 El grupo de las féminas punks como fenómeno mediático y la doble moral occidental
Hay gente que se cree el centro del universo, y en base a ello opinan sobre cualquier tema. Pongamos un ejemplo: hace poco «EresChoniSi...» se convertía en trend topic en la red social Twitter. Empezó el cachondeo y las descalificaciones e indignado me salió la vena proletaria y barriobajera y comenté que habría que ver a muchos si se hubieran criado en determinado barrio. Salieron en tropel a decirme que «eso no tiene nada que ver», que «no importa de qué barrio seas» y sobre todo el que nos atañe: «es que YOconozco a...» Y tú puedes conocer a cuarenta chicas que se hayan criado en Cornellá o Paterna que sean catedráticas en física cuántica y jamás se hayan hecho una cola de caballo o puesto pendientes de aro del tamaño de una rueda de tractor, pero cualquier estudio sociológico que mida tendencias te seguirá diciendo que en Cornellá o Paterna viven más chonis que en la calle Salamanca o La Moraleja y que por tanto la cuestión de clase (el trabajo de los padres, el entorno social, el barrio en el que vives, etc) es determinante para perfilar la identidad. Lo que no es determinante si estamos hablando de ciencia social, es cuántos casos conoces tú, porque como dije al principio, tú no eres el centro del universo y eres una minúscula porción del muestreo social. Con las Pussy Riot ocurre parecido.
Muchos denunciamos el circo mediático en el que se han convertido las aclamadas punkis rusas. Denunciamos que en este país la lista de grupos perseguidos por las autoridades ha sido infinita y no recibieron ni tanto apoyo ni tanto calor mediático, denunciamos que el caso se había hinchado artificialmente en base a intereses geopolíticos y que algo huele mal cuando salen en tu auxilio instituciones verdaderamente genocidas como EE.UU, la UE o la OTAN, junto a momias del pop como Madona o cadenas como la MTV. Entonces volvieron a aparecer los que se creen el centro del universo: «Yo denuncié igualmente el caso de SA o Pablo Hásel y ahora lo hago con Pussy Riot». Y claro, hay que volver a recordarte que, aunque de forma muy honesta denunciaras tanto el caso de SA o Pablo Hásel como el de Pussy Riot, tú no eres el centro del universo y un servidor no puede escribir pensando en tus experiencias personales sino en tendencias y mayorías sociales. Y en este caso hay un hecho social incuestionable empíricamente: el proceso Pussy Riot se ha hinchado mediáticamente hasta límites grotescos. Mientras infinidad de grupos de izquierdas de todo el continente europeo (de SA en el estado español, a Atari Teenage Riot en Alemania, pasando por Sniper en Francia) son procesados judicialmente con los grandes medios capitalistas sumados al linchamiento, las Pussy Riot han generado un consenso tan marciano (y brutal) que hasta en medios tan dispares como ABC, El Mundo o El País se pide su absolución completa. Los que han denunciado tanto el caso de SA como el de Pussy Riot son una minoría, ese es otro dato empírico. 
Algo huele a podrido en el Kremlin. O en el seudo-punk postmoderno. O muy probablemente en ambos sitios.
Muchos llegamos a afirmar que las Pussy Riot son como los rebeldes libios: no se puede ser trigo limpio cuando EE.UU, la UE y la OTAN te apoyan. Entonces y como era de esperar surgió uno de los dogmas y pilares fundamentales de la izquierda otanista o nini: el amigo de mi enemigo no tiene por qué ser mi enemigo. ¿Sí? ¿Seguro? Pongamos un ejemplo.
Supongamos que nos acabamos de conocer y empezamos a intimar en nuestra amistad, entonces me dices que uno de tus mejores amigos es un nazi que se dedica a apalear homosexuales e inmigrantes, pero que pese a ello, es uno de tus mejores amigos. O que iniciamos nuestra amistad y me cuentas que te llevas muy bien con un vecino que tiene por costumbre explotar en su taller clandestino a rumanos sin papeles durante trece horas al día. Obviamente que tengas esas amistades hace que se disparen mis alarmas. Para completar el ejemplo, tú te ves envuelto en un problema gordo y los que salen a defenderte con más ahínco y determinación son el nazi que apalea inmigrantes y el explotador de rumanos en el taller. Yo qué quieres que te diga, casi que empieza a no importarme lo que hayas hecho cuando gente de esa calaña sale a defenderte con uñas y dientes. Ahora pongamos ejemplos prácticos y va y resulta que no es un nazi aislado el que sale a defenderte sino de toda una superpotencia imperialista como es Estados Unidos (responsable de la muerte de inocentes en todo el globo) o la Unión Europea (la misma que está haciendo retroceder nuestros derechos laborales a la edad de bronce). ¿Sigues sin verlo? Sigamos y permitámonos la desfachatez de ponernos académicos.
La identidad política la construimos en base a nuestros amigos y enemigos; es imposible concebir Cuba sin su enfrentamiento con Estados Unidos, o Corea del Norte sin Corea del Sur, o Euskal Herria sin España, o el proletariado y la burguesía... son relaciones dialécticas en las que uno casi desaparecería sin el otro o al menos sería radicalmente distinto. Por el mismo motivo, no se puede concebir a las Pussy Riots sin el apoyo que organizaciones, estados y personas de dudosa trayectoria y reputación, les han brindado sin concesiones. Cuando descubres además que las chicas denuncian «un proceso estalinista» y que sus fans se orinan en las estatuas de Lenin la cosa toma un cariz más que interesante.  Aunque tú denunciaras tanto el caso de SA o Fermín Muguruza como el de las Pussy Riot, tienes que saber que eres minoría, que la tendencia dominante es contraria, que mayoritariamente: 
1. Las grandes corporaciones mediáticas que denuncian con tanta energía el caso Pussy Riot no sólo callaron sino que además se sumaron al linchamiento de grupos como SA, Fermín Muguruza, Atari Teenage Riot o Sniper en sus respectivos procesos judiciales. 
2. Los medios españoles (ABC, El Mundo, Antena 3, El País...) que brindan por la libertad de expresión en referencia al caso Pussy Riot, apoyan golpes en Latinoamérica, justifican  o silencian las masacres en Palestina y criminalizan la protesta social tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, siempre y cuando dicha protesta choque con sus intereses económicos (criminalizan a los estudiantes chilenos pero apoyan a las Pussy Riot, por poner un ejemplo de muchos). 
3. Los mismos que apoyan sin concesiones la causa de las Pussy Riots y su performance en una Iglesia Ortodoxa, son los mismos que pusieron el grito en el cielo y criminalizaron al grupo de feministas que protestaron contra la presencia de capillas en las universidades públicas españolas, protesta que materializaron enseñando sus pechos en la capilla madrileña ubicada en la Complutense. Esos mismos medios de comunicación pedían cárcel para las feministas españolas, acusándolas de profanación de templo y poco menos que de herejía. Por lo visto los pechos rusos despiertan más solidaridad en nuestra oligarquía.
4. Los mismos que empatizan con las Pussy Riot y su causa —no nos engañemos— son los mismos que opinan que durante el asalto del SAT a Mercarroña hubo una brutal agresión a una cajera pero en cambio, que el Rey le suelte un manotazo a su chófer es una muestra más de su infinita campechanía. 
5. Los mismos que defienden a Pussy Riot con uñas y dientes, las criminalizarían, lincharían y condenarían, si el citado grupo fuera una formación de izquierda transformadora. Si en lugar de mearse en Lenin, reivindicaran las figuras de Chávez o Allende, y más allá de enseñar las tetas u organizar performances en las que intentan follar, reclamaran la nacionalización de las empresas públicas, denunciaran la precariedad y abogaran por la acumulación de poder popular por parte de los de abajo, tú ni siquiera las conocerías. Por eso en cualquier pueblo de la sierra conquense conocen el caso Pussy Riot pero desconocen completamente la acción en la capilla madrileña. La diferencia radica en que, tras los pechos de las feministas españolas existe un discurso peligroso; Pussy Riot sencillamente son incapaces de generar un discurso. 
6. Si Pussy Riot reivindicaran la independencia de Euskal Herria o defendieran la expropiación de multinacionales hubieran sido condenadas en el mayor y más triste de los silencios, de la misma forma que un sueco no conoce el caso de SA o como la mayoría de españoles que conocen el caso de Pussy Riot, pero desconocen el proceso a grupos franceses como NTM o Sniper. 
La cuestión es que el capitalismo sabe cuidar de los suyos y sabe cuándo ponerse el disfraz de demócrata y abogar por la libertad de expresión, la misma que niega a quién osa cuestionarle. Por supuesto es una barbaridad que las condenen a dos años de cárcel por el numerito, toda persona decente lo debe denunciar, pero ese es un debate que por obvio y evidente, está fuera de la izquierda transformadora. El debate capital es por qué a unas se las ensalza, se moviliza cielo y tierra y se convierte en acontecimiento mediático mundial y en cambio otros son silenciados, linchados y criminalizados. La respuesta es tan vieja como el mundo: perro no come carne de perro (o de perra, con permiso de Despentes y Preciado).  
Pablo Hásel sigue sin poder salir del país y a la espera de juicio, Valtronyc fue detenido y a SA  todavía lo tiene difícil para poder tocar en Madrid, pregúntate por qué sus casos no aparecen en la MTV o la CNN y por qué Madona no los denuncia. Al final lo que subyace (como suele ocurrir en estos casos) es la lucha de clases, por tanto la ideología que profesa el artista detenido es el condicionante clave: si el artista se posiciona frente a los intereses de las grandes corporaciones mediáticas, es decir en contra del capitalismo financiero internacional, tu proceso judicial transcurrirá o en el más estricto de los olvidos o con el linchamiento público de dichas corporaciones. Si no te sales de los raíles marcados y no sobrepasas ciertos límites y además tu gobierno es un obstáculo para la vía libre a la intervención en Siria, hasta Obama te dedicará unas palabras de ánimo. Y lamentablemente, estamos en el siglo XXI: enseñar las tetas o ponerse a follar en público tiene muy poco de novedoso, emancipador o provocativo sobre todo si no hay un discurso potente detrás que te respalde. Estamos saturados de cuerpos (publicidad, pornografía, internet...) infinidad de cuerpos fragmentados, mutilados, hormonados, trabajados, abandonados. El cuerpo es una de las mitologías del siglo XXI. ¿De verdad creen que nos vamos a ruborizar o escandalizar? El arte hace décadas que se convirtió en una prostituta desdentada y en un gigoló con disfunción erectil, en una casa de citas en la que sin un discurso de entidad, es imposible escandalizar. 
Luego claro, están las muchachas, grotescas caricaturas de una Ángela Davis pasada por el filtro monstruoso de la postmodernidad y sin demasiadas luces, alumnas avanzadas de ese multiculturalismo denunciado por Zizek que «se adecua perfectamente a la lógica del mercado global». 

Mientras tanto y pese a todo, Free Pussy Riot!

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