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martes, 17 de septiembre de 2013

Curiosa historia de fútbol en el Athletic


A principios de los años 70 (muy poca gente sabe esto, y los que lo saben no quieren recordarlo, y los que lo recuerdan no quieren hablar de ello) el Athletic fichó a un jugador argentino de ascendencia vasca (por parte de madre) llamado Julián ‘el Topo’ Larrechea. Era un chavalito de diecinuevee años que venía de marcar veintitrés goles en su primera temporada con el Newell’s Old Boys y que estaba en la agenda de River, decían. Pero el Athletic se adelantó.
En aquella época, en que los fichajes transatlánticos eran mucho menos habituales, el fichaje causó una cierta revolución; parecía contrariar, además, la regla sacrosanta en el Athletic de no fichar jugadores de fuera del País Vasco (y aledaños), pero en este caso se hizo la vista gorda, porque la madre era vasca y había vivido en Amurrio hasta que Julián cumplió los dos años, y porque el chico era muy joven pero muy bueno, decían, iba a ser una estrella.
El Topo era un delantero pequeño, ratonero, oportunista, una especie de adelanto de lo que sería Dani Ruiz Bazán pocos años más tarde. En las primeras diez jornadas de liga el Topo marcó ocho goles, uno de ellos el que dio el triunfo al Athletic en el Camp Nou (aunque la estadística adjudica ese gol a Uriarte, quienes estuvieron allí saben que fue del Topo, y que Uriarte solo pasaba por allí). Los aficionados estaban como locos con él, la única buena noticia en una temporada que no terminaba de enderezarse.
Pero luego, a partir de enero de 1972, la sequía. Solo marcó un gol más en la liga, contra el Espanyol (entonces era todavía el Español) pero lo peor no era eso, sino su terrible desgana en el campo, una apatía que desesperaba a sus compañeros y a su entrenador, Ronald Allen. El derby contra la Real Sociedad en San Mamés (que el Athletic perdió por 1-2, sin gol del Topo) fue su último partido de titular en liga. Después solo tuvo algunos minutos sueltos como suplente, y el partido de ida de la copa contra el Cartagena, en que marcó uno de los cinco goles. Aquel fue su último gol como rojiblanco.
En Bilbao nadie se lo explicaba, qué podía haber pasado con este chico que parecía tan prometedor y tan buena gente. Por fin, en julio de 1972 Larrechea concedió una entrevista al periódico ABC en la que explica el origen de su decadencia.
La entrevista empieza amable, con muchas preguntas sobre su temporada en el Newell’s, sobre su llegada a Bilbao y sobre sus primeras jornadas exitosas en Bilbao. Luego, como con pudor, el entrevistador suelta: “La segunda mitad de la temporada no ha sido tan brillante. ¿Puede decirnos qué ha ocurrido?”
Y aquí el Topo se deshizo, empezó a lloriquear y dijo que era un fraude, que era un fraude y que no podía seguir jugando en el Atlhetic. Que en la Navidad pasada, en un momento de lucidez y euforia, su madre le había contado la verdad: que no era hijo suyo, que era adoptado y que en realidad no había nacido en Amurrio, sino en Rosario, Argentina; que su madre había falsificado su fecha de nacimiento, su certificado de nacimiento, su pasaporte, todo; que en realidad era el hijo de dos peleteros argentinos pobrísimos que lo habían abandonado (lo habían vendido, prácticamente).
Que no había una gota de sangre vasca en sus venas. Que era un fraude, un fraude, un fraude. Y que lo recordaba cada vez que salía al campo y la gente gritaba “Topo, Topo, Topo”. Veía la portería delante de él, veía que si chutaba iba a marcar, visualizaba (como se dice ahora) lo que tenía que hacer para marcar, pero no lo hacía, porque nada tenía sentido y los goles eran la culminación de ese sinsentido, de ese simulacro.
Había pensado en olvidarlo todo y pensar que, si su madre era vasca, aunque no fuera su madre biológica, entonces él también era vasco, y tenía derecho a jugar en el Athletic. Pero no podía, no podía y cada día que pasaba era peor que el anterior y sentía más ganas de acabar con todo de una vez.
Sí, en el Athletic sabían lo que pasaba; lo sabía el entrenador, lo sabían los compañeros, lo sabían probablemente hasta los acomodadores de San Mamés. Pero nadie decía nada: ¡qué ridículo sería, reconocer que un no vasco se la había colado a todos durante meses!
No, no sabía qué haría a continuación. Había pensado en colgar las botas y volver a Rosario a buscar a sus verdaderos padres, pero no se atrevía a hacerlo. A pesar de todo, como es comprensible, quería a su madre adoptiva, y no quería dejarla sola ni romperle el corazón.
La entrevista, por motivos que desconozco, nunca llegó a publicarse, pero todavía está en los archivos del periódico. Un amigo que trabaja en El Correo me ha pasado una copia, por eso he llegado a saber de la existencia del Topo Larrechea.
El Athletic, por su parte, prefirió borrar cuanto antes este capítulo de su historia como si nunca hubiera sucedido: vendió al Topo Larrechea al Real Valladolid, donde hizo una carrera mediocre, y fingió que no había pasado nada.
La prueba de que esto que digo es verdad, es que en la página web del Athletic club de Bilbao no hay ni una sola referencia al Topo Larrechea.

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