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lunes, 24 de febrero de 2014

"Somos revolucionarios, no atropelladores..."


 - Nos gobiernan fantasmas. No me refiero únicamente a que quienes tienen el, poder sean personajes de cartón piedra, zombis políticos. Hablo del extraordinario hecho de que los referentes básicos que condicionan nuestro ser íntimo y social sean meras abstracciones, elucubraciones altamente aditivas: Dios, Estado y Dinero.

- Bajo esta triple dimensión, lo material, lo individual y lo convivencial. Abstracciones, simples convenciones establecidas para re-organizar de arriba abajo la vida social, el más allá y el jodido más acá.
- El Dios supremo, el Estado soberano y su majestad Don Dinero son meras estampitas, cromos o valores de cambio sin valor de uso, que para cobrar vida necesitan el valor de un prejuicio, una previa creencia en sus bondades, un acto de fe. Qué se sepa, nadie ha visto aún a Dios. Ni ha echado unas risas con el Estado. Como mucho, ha manoseado unos billetitos que permiten adquirir bienes y servicios. Papelinas, curiosamente avaladas por el Estado y en muchos casos bendecidas por la gracia de Dios. 
- Podríamos, pues, afirmar con cierto rigor que todo nuestro ciclo vital se desarrolla tutelado por el marco policromo del mallamado "Creacionismo", es decir, bajo palio de presencias fantasmales surgidas de la nada.
- Un paradigma que se complica cuando anhelamos cambiar las cosas a través de la "revolución". Otro concepto preñado de posibilidades que, sin embargo, constituye el colofón natural y al mismo tiempo errático que completa el absurdo elenco Dios-Estado-Dinero. Es su lógica consecuencia si atendemos a su halo redentor. Tentar la "re-volución" es decir, dar cuerda a la evolución, acelerarla es un imposible categórico, es decir un oximorón. Porque la evolución nunca quema inocentemente etapas, es un ecosistema.
- Revolución, según la conocemos vulgarmente, solo cabe en el contexto de las ciencias puras y aplicadas, pero como avances del conocimiento, que dicen. Otra cosa distinta es que el término tenga buena prensa y se prodigue en la vida diaria como comodín para publicitar todo tipo de cachivaches y sacacuartos, desde nuevos productos bancarios hasta electrodomésticos  pasando por los flamantes últimos modelos de automóviles.
- De ahí que, empeñarnos en la revolución como el inefable asidero para progresar, suponga condensar toas nuestras esperanzas en la "revolución" (siempre está pendiente, siempre un porvenir por venir...) Hay muchas dinámicas políticas que nos atesoran el mito revolucionario (Sorel lo derivó a la "Huelga General") como atajo para conquistar la felicidad. EN uno y otro, volvemos a la jodida historia sagrada, la anti-historia.
Lo que sucede es que por su propia naturaleza impostada, nuestro mayor deseo revolucionario que tanto hemos predicado para alcanzar la excelencia, conlleva exigencias poco revolucionarias. Se trata de una acción tan traumática y concluyente que solo puede cosumarse mediante acciones violentas de fuerzas políticas capaces de conducir la masa social como un todo.

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