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viernes, 27 de junio de 2014

Aquel loco (y efímero) portero-entrenador del Sporting de Leticia

Por ir durmiendo, la Mambo-Tango deriva siguiendo la corriente hacía Brasil y se ven obligados a cruzar el río en canoa para llegar a Leticia, en Colombia, donde vagando por el pueblo se encuentran con el gerente del Independiente Sporting de Leticia, a quien convencen de sus habilidades futbolísticas y aceptan en principio entrenar el club a tiempo sin definir y a sueldo por definir según los resultados. El 26 de junio comienzan a trabajar en el mejor empleo que han tenido en todo el viaje. Granado relata que el estilo del club se asemejaba al juego de los argentinos de los años treinta, "con el arquero clavado bajo los palos, los zagueros metidos dentro del área y la línea media corriendo toda la cancha". Los dos brillantes técnicos introducen la marcación hombre a hombre y en horas, tras un juego de práctica de la delantera contra la defensa, logran resultados maravillosos.
 En los ratos libres los dos entrenadores leen una geografía y una historia de Colombia: por los periódicos y las conversaciones se enteran de la historia del Bogotazo, los enfrentamientos entre liberales y conservadores y la actual guerra de guerrillas campesina en los llanos.
 Los entrenamientos continúan. Ernesto comienza a jugar de portero y mueve a la defensa para que se le quite la rigidez. Entre eso y darse una vuelta al hospital para ver casos de paludismo se van pasando los días. En el primer partido del Independiente Sporting pierden, pero el público se maravilla de los avances del equipo.

Llega finalmente la fecha de un torneo relámpago, cuyo primer juego ganan con gol de Granado, al que las masas locales bautizan "Perdernerita", en honor del crack argentino Pedernera, por su estilo driblador, y Ernesto está genial en la portería. En la final terminan cero a cero y tienen que definir el trofeo en una tanda de tres penaltis. Ernesto detiene el tercero (me atajé un penal que va a quedar para la historia del Leticia), pero de poco servirá, porque el centro delantero de su club falla los tres.
Un día después, en el último entrenamiento, Ernesto, herido en la rodilla, se mueve durante la ceremonia de izar la bandera para buscar un papel con el cual cortar la sangre y un coronel le echa tremenda bronca. Puede ser que acabe mal la fulgurante carrera de los entrenadores. Granado piensa en ese momento que el temperamento áspero de Ernesto vencerá y se armará en grande, pero Guevara sonríe y traga (agaché el copete).
 Es la hora de partir. A pesar de las ofertas para que sigan entrenando al club, cobran, venden lo que les sobra de la balsa y salen en avión para Bogotá en un carguero militar.
En Bogotá les sorprende la cantidad de policías con armas largas en las calles. Se siente el peso de la dictadura de Laureano Gómez. Comen en un comedor estudiantil, duermen en sillas en un hospital.
Por una tontería se enredan con las arbitrariedades de la policía colombiana, que los detiene amenazándolos con la deportación. En una noche Ernesto estaba haciendo un plano en la tierra con un pequeño puñal para orientarse en Bogotá, cuando los policías los detienen y les requisan el cuchillo. Al tratar de reclamarlo al día siguiente, son detenidos de nuevo y amenazados, tratados en forma vejante. Granado se indigna no sólo por los abusos policiacos, también por la apatía de la gente que les recomienda que no se metan en líos.

 De esta triste estancia en la capital de Colombia se rescata el que pudieron ver jugar al mítico Real Madrid contra el Millonarios. Logran entrevistarse con Alfredo Di Stefano quien les regala, enloqueciendo a Ernesto, mate y dos entradas para el siguiente partido.

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