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domingo, 15 de marzo de 2015

"El arte de ceder I: Asambleas" por Praesto et persto

Por Praesto et persto
Con este texto doy comienzo a una serie corta de artículos que irán encaminados a resaltar laimportancia y la necesidad que supone el estar dispueste a ceder en todos los ámbitos de nuestras vidas (con nuestres compañeres de colectivo u organización, amigues, parejas sentimentales o sexuales e incluso con nosotres mismes), así como lo que de hermoso y gratificante hay en ello.
Antes de nada y con el objetivo de evitar equívocos, me gustaría dejar muy muy claro que, cuando hablo de ceder en todos los ámbitos de nuestras vidas, no me refiero de ninguna de las maneras a que actitudes o acciones opresoras de la índole que sean deban ser permitidas. Ninguna opresión debe ser jamás tolerada ni respetada y ante ella no se debe ceder ni un solo PASO, NUNCA. Las situaciones que trataré no versarán sobre opresiones (no al menos directamente), como iré desvelando según vaya avanzando y reflejando con ejemplos concretos para cada caso.
En la primera entrega de esta serie, quería abordar la cuestión de la cesión en las asambleas por considerarlo algo extremadamente importante –en realidad, todos los casos que se tratarán son importantes, pero realmente aquello que me hizo darme CUENTA de la imperiosa imprescindibilidad de la cesión fue el penoso escenario que he tenido la oportunidad de presenciar tantas veces a lo largo de mi vida en reuniones y asambleas de todo tipo– para que cualquier colectivo u organización pueda avanzar y crecer o, al menos, no desintegrarse por culpa del lastre del mal trabajo grupal y la imposible toma de decisiones en común.
¿Cuántas veces hemos presenciado asambleas eternas donde ciertas personas se han enzarzado en discusiones interminables en las que repetían una y otra vez los mismos argumentos formulados –o no– de distinta manera o en las que directamente ya terminaban de irse completamente por las ramas convirtiendo dicho acto colectivo en una tremebunda reunión tediosa y hastiosa? ¿Cuántas veces se han prolongado enormemente muchas de las asambleas en las que hemos estado porque muches simplemente pretenden tener la última palabra siempre o participar meramente por el hecho de hablar cuando lo que dicen ya ha sido anteriormente expuesto por otres compañeres o es sencillamente totalmente intrascendental para la materia que se trata?
Muches de les compañeres con les que compartimos espacio o colectivo pecan consciente o inconscientemente de un individualismo egoísta* que dificulta el trabajo de todes. Esto sucede principalmente, entre otras cosas, porque en nosotres aún perviven de una manera muy vívida los valores competitivos y egoístas del sistema estatal-capitalista que se nos inculcan desde que nacemos, y que lleva a muches de nuestres compañeres a reproducir actitudes inspiradas en ellos, como son el ansia de protagonismo (que se traduce en una gran cantidad de turnos de palabra SOLICITADOS, exposiciones normalmente muy largas y a menudo repetitivas o divagadoras… ), el deseo de imponer el propio criterio a toda costa (que se traduce en una inquebrantabilidad cabezona de la propia postura ante un hecho particular, la repetición constante de los mismos argumentos en las intervenciones y el objetivo de tener siempre la última palabra) y, a veces, la marginación o desvirtuación de ciertes individues con el propósito de que el colectivo en cuestión siga siendo una especie de coto particular controlado por las mismas personas que han acostumbrado a llevarlo y que no crezca de tal manera que pueda llegar a poner en peligro el control que dichas personas ejercen sobre el mismo.
Ante este escenario, ¿cuál debería ser la actitud que deberíamos adoptar para hacer nuestros encuentros y asambleas más fluidas y eficientes? Pues una actitud de disposición a la cesión, es decir, asistir a dichas reuniones con el ánimo principal de escuchar a les demás antes que de hablar (muchas veces por estar centrades únicamente en lo que queremos decir dejamos de prestar atención a lo que nuestres compañeres están comunicando al resto del grupo) y tener en mente que a las asambleas se va a sacar decisiones en común y que en muchas ocasiones no todes sus integrantes van a coincidir en todas sus opiniones, pero que, para que el colectivo avance, es necesario que estes estén dispuestes a ceder al menos parcialmente o a no oponerse frontalmente a las propuestas de otres compañeres, a menos que, obviamente, esto se crea realmente necesario. En el 15-M, esta postura estaba popularizada a través de su característico sistema de toma de decisiones por consenso en el que existía una figura específicamente asociada a esta posición, y que no era más que algo así como «No estoy a favor [o no me hace especial ilusión o no lo termino de ver], pero no me opongo, lo dejo PASAR». Igualmente, la concisión a la hora de exponer los argumentos propios es otro aspecto que se encuentra unido a esto que hemos bautizado como el arte de ceder en las asambleas.
Así, con unas asambleas en las que sus miembros acudan con la predisposición de llegar a acuerdos colectivos y de ceder cuando sea necesario (disintiendo, como ya he dicho, cuando se crea preciso, por supuesto), el éxito del trabajo del grupo está en gran parte asegurado, pues unas asambleas efectivas se traducen en una repartición de trabajo efectiva y una fluidez y rapidez en la acción colectiva, así como en la satisfacción de les integrantes de la asamblea al ver que van sacando adelante sus actividades y objetivos sin tener que pasar por un martirio en cada reunión.

*: Cuando hablo de individualismo aquí, me refiero a sobreponer siempre el interés propio al interés colectivo, aunque este primero sea superfluo, si bien es cierto que el interés propio y el colectivo deberían coincidir en tanto que todes les integrantes del grupo deberían desear que éste avanzase, pero eso ya es otra historia. Lo que quiero dejar claro con esto es que no quiero cometer el error de asociar el individualismo per se con el egoísmo característico capitalista, pues el individualismo es, en mi opinión, una condición sine qua non del anarquismo en tanto que autonomía e independencia de la persona.

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