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lunes, 12 de diciembre de 2016

"La teoría de los dos yos" de Ángel Alegre


Durante mis años de juventud me pasé cientos de horas enganchado al World of Warcraft (WoW): un juego de rol online en el que controlas a un personaje dentro de un mundo virtual en el que conviven miles de personas.
Lo interesante de este juego –y lo que hace que resulte tan adictivo– es que funciona de una manera muy parecida a la vida real.
Cuando te abres una cuenta en el WoW, empiezas con un personaje de nivel 1 que es tan débil que apenas puede enfrentarse a un jabalí.
Sin embargo, según vas interaccionando con el mundo y completando misiones, vas acumulando experiencia y subiendo de nivel.
Con cada nivel te haces más fuerte, y aprendes nuevas habilidades que te permiten acceder a nuevas zonas del mapa y enfrentarte a desafíos más complicados y con mayores recompensas.
Además, según la clase que hayas elegido al principio de la partida (mago, guerrero, druida, etc.), tu personaje tiene una serie de virtudes y defectos que te obligan a desarrollar una estrategia de juego adaptada los mismos.
Por ejemplo, si eres mago, tienes la capacidad de lanzar hechizos poderosos que hacen mucho daño a los enemigos, pero como tienes poca fuerza no puedes llevar armadura, lo cual te hace muy vulnerable a los ataques cuerpo a cuerpo.
Eso quiere decir que, para no morir a las primeras de cambio, necesitas atacar a distancia y tener siempre en tu arsenal magias como teletransporte, que te permitan escapar si la cosa se pone fea. O en su defecto, ir acompañado de guerreros, paladines u otros personajes más resistentes que entretengan a los monstruos y reciban sus golpes mientras tú los chamuscas desde lejos con tus bolas de fuego.
Aquí es donde entra en escena tu habilidad como jugador, ya que tú eres quien decide qué cualidades potenciar en tu personaje y qué estrategia utilizar para completar las distintas misiones, y también eres el responsable de ejecutar esa estrategia utilizando el teclado y el ratón.
El éxito en el World of Warcraft, por lo tanto, depende de dos factores:
  1. Lo bueno que sea tu personaje. Cuanto más nivel y mejores objetos tenga tu personaje, más daño hará y más difícil será derrotarte en una batalla
  2. Lo bueno que seas tú utilizando a tu personaje. Cuanto mejor entiendas sus puntos fuertes y débiles y mejor sepas controlarlo, más partido podrás sacarle y más efectivas serán las estrategias que diseñes para conseguir tus objetivos
Ambos factores son críticos y no puedes ignorarlos.
El mejor jugador del mundo no llegará muy lejos con un personaje de nivel 1, por muy bien que lo sepa manejar, pero un mal jugador tampoco conseguirá completar las misiones más complicadas incluso si su personaje tiene el máximo nivel y los mejores objetos épicos.
Te cuento esto porque, curiosamente, la división entre “jugador” y “personaje” también se da en la vida real, y ser consciente de ella puede serte muy útil para organizarte y conseguir todas tus metas.
Básicamente, en cada uno de nosotros conviven dos “yos”:
  • Un “yo jugador”, que se encarga de marcar objetivos y de diseñar un plan para hacerlos realidad
  • Un “yo personaje”, que es el principal recurso (pero no el único) que tiene a su disposición el “yo jugador” para ejecutar su plan
Tu “yo jugador” es el equivalente a tu mente o tu conciencia. Es la parte de ti que decide qué es lo que quieres, y tiene el poder de controlar a tu “yo personaje” para lograrlo.
Tu “yo personaje” es quien interactúa con el mundo real. Sus capacidades y recursos vienen determinados en cierta medida por tu genética y por la suerte (por ejemplo, la familia en la que hayas nacido), pero también por cómo tu “yo jugador” lo haya controlado en el pasado, ya que tu “yo personaje” no es estático, sino que está en constante evolución y puede aprender cosas nuevas y adquirir nuevos recursos.
Igual que pasa en el World of Warcraft, en la vida no existe el personaje perfecto. Todos tienen sus fortalezas y debilidades, y es fundamental que tu “yo jugador” conozca cuáles son las de tu “yo personaje” para poder utilizarlo de la manera más eficiente posible y buscar aliados cuando sea necesario.
Por ejemplo, imagínate que tu “yo jugador” quiere sacar adelante un proyecto personal que requiere bastantes horas de trabajo. Si sabe que tu “yo personaje” no es muy madrugador, tu “yo jugador” planificará en consecuencia y organizará su horario de forma que tu “yo personaje” pueda trabajar en el proyecto por la tarde-noche en vez de a las 6 de la mañana.
Imagínate, además, que ese proyecto requiere conocimientos de diseño gráfico, y que tu “yo personaje” es un negado en este campo. Tu “yo jugador” tendría dos opciones para solventar ese problema: invertir tiempo y dinero en que tu “yo personaje” aprenda diseño, o simplemente hacer que tu “yo personaje” contrate a un diseñador para que le ayude.
Como ves, es fundamental que te conozcas a ti mismo y que sepas cuáles son tus capacidades para poder tomar buenas decisiones y elegir el camino correcto para alcanzar tus metas.
Porque ni tú, ni yo, ni nadie somos infalibles. Pero si somos conscientes de las limitaciones de nuestro “yo personaje”, nuestro “yo jugador” podrá diseñar un plan que nos permita lograr lo que nos propongamos a pesar de esos defectos, bien sea evitándolos, corrigiéndolos o buscando a otras personas que nos ayuden en esas áreas.
Mucha gente no logra crear su vida ideal simplemente porque no se conocen a sí mismos, porque no aceptan sus debilidades o su personalidad, o porque son incapaces de pedir ayuda, y eso hace que sigan una mala estrategia para conseguir sus objetivos (o que se marquen los objetivos equivocados).
Por eso, te recomiendo que siempre tengas presente a tus dos “yos”. Te ayudará a evitar este tipo de errores.
Un abrazo,
Ángel.-
***
P.D. Todo esto de los dos “yos” no significa que tengas doble personalidad. ¡Tranquilo!
Lo único que quiere decir es que en tu día a día debes cumplir dos roles muy diferentes: uno estratégico, centrado en la planificación y en la toma de decisiones, y otro más práctico, centrado en la acción; y al menos a mí me ayuda mucho el verlos como dos “yos” independientes.
Normalmente, en el mundo de las pequeñas empresas, en las que una misma persona suele dirigir el negocio y trabaja en él al mismo tiempo, se habla de un “yo CEO” y un “yo empleado”, o de un “yo jefe” y un “yo currante”.
Sin embargo, yo creo que esta distinción no sólo es aplicable a los negocios, sino a toda nuestra vida, de la cual somos propietarios, jefes y CEOs.
De ahí que haya preferido presentarte la teoría de los dos “yos” de esta manera, que es también como la explica Ray Dalio en su libro Principles, mi inspiración para este post.

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